CAMBIO de PARADIGMA: DEL LOCALISMO PARTICULARISTA AL POST-UTILITARISMO GLOBAL. (Marcelo Sánchez-Oro Sánchez. Prof. de sociología de la Universidad de Extremadura)

En las sociedades avanzadas, al comienzo del tercer milenio de la era cristiana, estamos asistiendo a un cúmulo tal de transformaciones sociales, políticas, económicas y culturales que apenas podemos eludir la pregunta de si nuestras sociedades estarán entrando en una nueva época. Muchos pensadores y científicos sociales así lo consideran.
• Para Manuel Castells, «un nuevo mundo está tomando forma en este fin de milenio».
• Según Ronald Inglehart, «durante las últimas décadas las sociedades avanzadas han traspasado un punto de inflexión y han pasado de la fase de la modernización a la fase de la posmodernización».
• En palabras de Ulrich Beck, este cambio, que tanto él como Anthony Giddens denominan «modernización reflexiva», implica «la posibilidad de una (auto) destrucción creativa de toda una época: la de la sociedad industrial».
• Alain Touraine presentaba La sociedad Post-industrial, publicada en 1969, señalando que «ante nuestros ojos se están formando sociedades de un nuevo tipo».
• Daniel Bell ya anticipó, en 1973, que «en los próximos treinta o cincuenta años veremos la emergencia de lo que he llamado la “sociedad post-industria!”».
• Por su parte, Zigmunt Bauman considera que la caída del Muro de Berlín, en 1989, cierra la época moderna inaugurada en 1789 con la Revolución Francesa, dando paso así a las realidades y al espíritu posmodernos
• Según Mike Featherstone, por último, se trata de una «ruptura con la modernidad que implica la aparición de una nueva totalidad social con sus propios y distintos principios organizativos».

La proliferación de nuevas denominaciones sociales expresa, del mismo modo, la intuición de una conciencia generalizada capaz de percibir este cambio de época en cualquier ámbito de la vida en el que se fije la vista y se sostenga sin prejuicios y libremente la mirada:
• sociedad postindustrial;
• sociedad posmoderna;
• sociedad red;
• sociedad de consumo;
• sociedad del ocio;
• sociedad del riesgo;
• sociedad de la modernización reflexiva;
• sociedad tardomoderna;
• sociedad de la información;
• sociedad de la comunicación;
• sociedad del conocimiento
• v otras tantas nuevas definiciones que pudieran citarse. (Bericat 2003:9)

 

En esta sociedad, nueva sociedad, la expansión de las organizaciones es, sin duda, una de las características esenciales. Expansión tanto de ámbito de actuación, pues pasan de una ubicación local a otra nacional y, finalmente, internacional; como expansión de la forma que adoptan, pues inicialmente respondieron al esquema familiar, posteriormente se centraron en el establecimiento de fábricas y empresas, y alcanzan la forma de organizaciones multidimensionales.
En efecto, la industrialización significó de una manera muy clara la aparición de la fábrica como forma generalizada de producción, con el emblema de la chimenea -nueva manifestación estética de la primera industrialización-, que dio lugar el uso centralizado de los recursos energéticos y la apropiación de los medios de producción. La organización fabril acompaña, entonces, a la nueva fase de producción para el mercado y a la aparición de un mercado de trabajo. La difusión y ampliación de la fábrica da lugar a la empresa, que se convierte en el concepto característico de la segunda industrialización, con un sistema de roles claramente definidos -directivos, técnicos, mandos intermedios, empleados y obreros. La generalización posterior de la empresa como institución social hace que tengamos que hablar en el presente de organizaciones económicas, aunque podríamos prescindir de este calificativo en la medida en que, cada vez más, muchos de los servicios o soluciones que se dan a las personas y a toda la sociedad proceden de organizaciones e instituciones que han asimilado el modelo empresarial.
La necesidad de organizaciones en la nueva sociedad surge de la creciente complejidad de sus problemas. Las demandas continuas, urgentes y generalizadas de abundantes bienes y servicios de una población en crecimiento no se pueden satisfacer a través de soluciones meramente individuales (Lucas Marín 2002:2).

Las bases del nuevo paradigma

1.- El poder de la identidad frente a la identidad del poder.

Citando al sociólogo Manuel Castell, la sociedad del siglo XXI es la “sociedad red”. El nuevo mundo que se está vislumbrando surge por la coincidencia de tres procesos independientes:

a) La revolución de las tecnologías de la información y de la comunicación.

b) La crisis económica del capitalismo y del estatalismo.

c) El florecimiento de nuevos movimientos sociales.

Los tres procesos generan cambios sustanciales:

Una nueva estructura social dominante: la sociedad red.
Una nueva economía: la economía internacional global.
Una nueva cultura: la cultura de la virtualidad real.

Las tecnologías (NICTs) son la base material de la nueva sociedad, sus tres elementos (conocimiento, movilidad y red) sustentan el resto de transformaciones, Los tres están estrechamente relacionados, aunque puedan analizarse por separado:

a) el conocimiento: gracias al ordenador: gan cantidad de información tratada eficientemente y gran velocidad…

b) la movilidad: Sociedad tradicional: movilidad biológica
Sociedad moderna: movilidad mecánica
Sociedad posmoderna: movilidad electrónica.
Frente a los otros tipos de movilidad, este es capaz de transportar micromateria, susceptible de ser codificada y descodificada en símbolos, a la velocidad de la luz. Por esto es fácil de comprender que este tipo de movilidad es capaz de conformar un nuevo tipo de espacio y una nueva forma de tiempo. Las implicaciones son clara para las estructuras sociales y las organizaciones: ESPACIO: estas se concentran, en expresión de Castell, en el “espacio de flujos” conformado por una red electrónica global, y se fragmentan en un “espacio de los lugares”, con base territorial, típico de las eras precedentes. TIEMPO: Una dualidad similar se observa entre el “tiempo intemporal”, un tiempo que se deshistoriza, de instantes aleatorios, efímeros y de virtualidad real, propio de la movilidad financiera y audiovisual, y un “tiempo de reloj”, al que siguen sometidas las actividades que están que permanecen fuera de la red.

c) La red: determina una lógica de enlace radicalmente diferente a las empleadas por las organizaciones de la modernidad (S.XX), es decir a la forma “mercado”, en la que los individuos y las unidades gozaban de autonomía y la relación se funda en contratos entre las partes, la forma “burocrática”, que implica la unidad de las partes planificada formalmente, en las que las partes tienen funciones especialidades y establecida a priori.
“La red” constituye una lógica híbrida de enlace, de nodos conectados por “vínculos débiles”, que permiten construir mega estructuras globales con gran capacidad de adaptación.
Una lógica organizativa especialmente apta para una época de cambios rápidos y profundos,
una época en la que la innovación y la flexibilidad determinan la supervivencia,
y una época en la que se tejen estructuras con una potente centralización a escala global, pero basadas en una múltiple fragmentación local.

Desde las empresas a los Estados, pasando por los movimientos sociales y las relaciones individuales, se están reorganizando en red.

En esta época posmoderna (una vez transcurridas la tradicional y la moderna), por ejemplo,

el movimiento ecologista pretende «reconstruir la naturaleza como una forma cultural ideal». «Hemos entrado en un modelo puramente cultural de interacción y organización sociales». «Es el comienzo de una nueva existencia y, en efecto, de una nueva era, la de la información, marcada por la autonomía de la cultura frente a las bases materiales de nuestra existencia» (Castells, 1996: 513-514).

Si la producción está dominada por los flujos financieros, la cultura está dominada por las «redes electrónicas de comunicación», que conforman mediante un «hipertexto audiovisual digitalizado» una eficiente «virtualidad real».

En este contexto, en el que asistimos a la crisis del Estado-nación, de la democracia política y del Estado de Bienestar, en el que la localización del poder es difusa, en el que el movimiento obrero, las iglesias mayoritarias y las ideologías políticas pierden relevancia, en el que existe una distancia abismal y alienante entre las redes globales y las existencias individuales, se están configurando unas nuevas «identidades de resistencia», organizadas bajo formas grupales o comunitarias, que defienden:
• los «lugares» frente a los «espacios de flujos»,
• la «memoria» y la historicidad frente al «tiempo intemporal»,
• y los «valores trascendentes» frente a la pura «tecnología como valor».

Comunidades religiosas, nacionalismo, etnicidad, identidad territorial, comunas feministas y de liberación sexual, ecologismo, etc. La resistencia a la lógica de la red y del capitalismo informacional procede de grupos y de comunidades. Sin embargo, debemos esperar, en opinión de Castells, que estas identidades de resistencia, que constituyen los verdaderos nuevos sujetos históricos del cambio, abandonen el cierre ensimismado que las caracteriza y se transformen en «identidades proyecto», es decir, identidades orientadas a la transformación de la sociedad en su conjunto. El futuro, sin duda, resultará de la interacción entre el poder de las redes y el poder de la identidad (Bericat 21).

2.- La emergencia del símbolo sobre la razón científica.

• La misma ciencia, producto de la especialización de sus contenidos y de sus prácticas, se orienta a una fragmentación en segmentos inconmensurables dotados de una legitimidad exclusivamente particular y local. La ciencia, en el marco de una sociedad dominada por los ordenadores, pierde la legitimidad universal del gran relato y mercantiliza su conocimiento, ya que solo puede justificarse por su rendimiento práctico y operativo. La pérdida de credibilidad universal propia de la modernidad da paso a la construcción de múltiples sentidos configurados localmente en el marco de juegos de lenguaje particulares, lo que posibilita la formación de puntos locales de resistencia frente a la hegemonía de la lógica del rendimiento y a la formación de consensos sociales absolutos y universales. Las visiones totalizantes de la modernidad quedan, por tanto, diluidas en la posmodernidad. Las aspiraciones a la universalidad se han terminado. El multiculturalismo se revela como lógica posmoderna de la construcción del sentido y la legitimidad.

• Zygmunt Bauman, en Modernity and ambivalence, desarrolla la tesis de que la modernidad puede ser considerada como una incesante lucha contra la ambivalencia, un esfuerzo continuo y denodado por construir «orden» social, estructuras definidas, clasificaciones claras, categorías exentas de ambigüedad, que alejaran el caos y la ambivalencia. Esta mentalidad intelectual geométrica, y esa vocación práctica orientada al diseño, la manipulación, la organización y la ingeniería, con el objeto de controlar el mundo y la vida misma, forman parte de la esencia de la modernidad. Pero la posmodernidad nos hace intuir otra cosa:

 horror al vacío, a la ambigüedad y a la ambivalencia,
 a la posibilidad de que algo sea nada, de no saber qué es algo,
 y de no poder asignar cada objeto, cada hecho o cada sujeto a una categoría determinada.

En esta fase, en contra de lo que pensaba Marx, la primacía de la producción y del intercambio de bienes es sustituida por la primacía del consumo y del intercambio de símbolos.

• Somos consumidores simbólicos porque en los signos se encuentra toda fuente de valor.

• Pero estos signos ya no refieren una realidad exterior, se configuran en una lógica de pura autorreferencia. Las imágenes no aluden a la realidad, sino a otras imágenes, y éstas a su vez a otras. La comunicación llega a ser un puro «simulacro» sin referente real.

• La simulación se impone, los significantes refieren otros significantes, y el significado por fin desaparece en esta marea de comunicaciones electrónicas masificadas. El sentido se disuelve. Queda el desierto y la nada .

3.- El principio del placer frente al consumismo desenfrenado.

La posmodernidad está íntimamente ligada a la emergencia del capitalismo de consumo. Bauman sostiene que, en la actualidad, el consumo constituye simultáneamente el «foco cognitivo y moral de la vida», el «vínculo integrador de la sociedad» y el «centro desde el que se gobierna el sistema». Es decir, ocupa la misma posición que en el pasado, esto es, en la fase «moderna» de la sociedad capitalista, ocupó el trabajo. Y esto significa que los individuos de nuestro tiempo están sobre todo implicados, moral y funcionalmente, en el sistema, antes como consumidores que como productores.
El trabajo ha perdido centralidad para la vida individual y para el sistema social, y su ética, la moral del sacrificio y del esfuerzo, el «principio de realidad» que se impone para la consecución de logros materiales, ha sido sustituido por el «principio de placer».
El capitalismo ha ubicado el placer en el ámbito del consumo y, con ello, en una sociedad de la abundancia, tiene asegurado más que nunca su porvenir como sistema. De hecho, «para el sistema de consumo, un consumidor felizmente dispendioso es una necesidad; para el consumidor individual, el dispendio es un deber» (Bauman, 1992: 50).
De ahí que el sistema ejerza, mediante la publicidad y la comunicación, una presión hacia el gasto, presión que es vivida como alegría y goce tanto como opresión.
En el orden del consumo, orientado por el principio del placer, la «seducción» constituye el instrumento básico de control social. En la sociedad de consumo, la libertad individual se transfigura en «libertad del consumidor», modelo al que se ajustan todos los esquemas de libertad.
Y esta libertad, más allá del consumo de masas, basado en la uniformidad, se transmuta en heterogeneidad que fragmenta las formas y estilos de vida de los individuos posmodernos.

En cualquier caso, estamos pasando:
• de un mundo de escasez, a uno de abundancia;
• de una moral de ahorro, a una de gasto y de consumo;
• de una ética de sacrificio, a una cultura hedonista;
• de un sujeto que renuncia al presente para ganar el futuro, a un sujeto del deseo orientado por pautas de satisfacción inmediata;
• de un principio de realidad, a un principio de placer.

Todos estos cambios tienen consecuencias tan radicales en la economía, en la sociedad, en la política, en la cultura y en la vida misma de los individuos que algunos pensadores sociales creen que las revoluciones del consumo y de las tecnologías de la información constituyen los dos pilares básicos de la posmodernidad

4.- La hipermodernidad de las sociedades avanzadas

Las consecuencias no deseadas de la posmodernidad son las que toma como referencia Ulrich Beck para formular su noción de «sociedad del riesgo», caracterizada funcionalmente por una producción sistemática de riesgos que escapan a las instituciones de control y de protección social.
En la sociedad del riesgo, a diferencia de la sociedad moderna, el horizonte motivacional no es el de la consecución de bienes (renta, trabajo, seguridad social), sino el de la evitación de males, por lo que la distribución social de los riesgos se convierte en una clave de la política.
Los riesgos nucleares , ecológicos, genéticos o financieros constituyen en esta reflexión prototipos de riesgo, pues se caracterizan, primero, por ser riesgos creados por la propia sociedad y, segundo, por la general afectación social de sus efectos.

Cuanto más moderna es la sociedad, más consecuencias no deseadas produce (Beck, 2002: 189). Puede afirmarse, por tanto, que el conocimiento científico siempre avanzará por detrás de los hechos que la propia ciencia genera. El desconocimiento relativo, así como otros muchos factores propios de una segunda, reflexiva, tecnológicamente avanzada o radicalizada modernidad, generan profundas ansiedades, inseguridades e incertidumbres, al tiempo que desaparecen las ficciones de seguridad de la sociedad industrial. La «modernización reflexiva significa la posibilidad de una (auto)-destrucción creativa de toda una época: la de la sociedad industrial», «significa autoconfrontación con aquellos efectos de la sociedad del riesgo que no pueden ser tratados y asimilados dentro del sistema de la sociedad industrial».
La nueva sociedad, dice Beck, no nace del dolor ni de la pobreza sino, paradójicamente, de la creciente riqueza material, del creciente desarrollo científico-tecnológico y de la elevada seguridad laboral lograda en la modernidad.

5.- Globalización de la economía y de la cultural

En el horizonte de la posmodernidad se destacan dos grandes transformaciones políticas:
• el declive del Estado-nación
• y la emergencia de nuevos movimientos sociales.

El declive del Estado-nación

1. Los procesos de globalización de la economía y de la cultura, soportados sobre nuevas estructuras de movilidad material y comunicacional, están conformando un mundo que trasciende los límites de la moderna territorialidad estatal.

2. El incremento de las interacciones e intercambios a escala global se corresponde con procesos paralelos tendentes a la constitución de nuevas instituciones y organizaciones supranacionales, interesadas bien en operar globalmente, bien en regular las operaciones y flujos de poder que circulan en este ámbito global.

3. Empresas transnacionales, mafias internacionales, satélites de comunicaciones, movimientos migratorios, mercados económicos multinacionales, gendarmes globales, tribunales internacionales, organizaciones mundiales, etc., configuran un nuevo escenario en el que el Estado pierde el monopolio regulador que ejercía sobre la nación.

4. El sistema político se fractura en múltiples centros de poder que compiten por la dirección del sistema global. Esto no significa que el Estado haya perdido todo su poder, pues sigue manteniendo cierto protagonismo. Pero cada vez más es una «cáscara vacía» que pretende más de lo que puede. En este nuevo contexto, como afirma Bell, el Estado es hoy «demasiado pequeño para los grandes problemas de la vida, y demasiado grande para los pequeños» (Smart, 1997: 136). Así que, junto a este proceso de hipercentralización y fracturación del sistema político en múltiples centros global izados de poder, asistimos a un proceso simultáneo y complementario de descentralización y difusión del poder en instituciones infranacionales, en gobiernos regionales y locales. El Estado queda entonces como un mesogobierno que pierde funciones tanto en el ámbito supranacional como en el infranacional.

La emergencia de nuevos movimientos sociales.

La expresión más evidente de esta reorientación en las estructuras y las sensibilidades del poder aparece con los nuevos movimientos sociales: ecologistas, pacifistas, defensores de los derechos humanos, feministas, antinucleares, antiglobalización, etc.

En esta nueva forma de hacer política se detectan:

• una mayor interpenetración entre cultura y política,
• una pérdida de la relevancia de las fracciones de clase,
• menor interés por la economía,
• creciente interés por el activismo político no convencional,
• renovada importancia concedida a los valores,
• uso de símbolos con cargas afectivas
• y utilización estratégica de los medios de comunicación.

Para Stephen Crook, los nuevos movimientos sociales se caracterizan por cinco rasgos .

1. Primero, están animados por una moral universalista, una moral de la convicción ajena a motivos instrumentales o de interés.
2. Segundo, están estructurados bajo criterios de autoorganización, alejados de la intermediación burocratizada y centralista.
3. Tercero, dirigen sus acciones directamente a la gente o a la opinión pública, evitando cualquier acuerdo con las élites.
4. Cuarto, operan en el ámbito sociocultural, otorgando a sus acciones un carácter lúdico y contracultural alejado del espíritu del político profesionalizado.
5. Y quinto, dependen y basan sus acciones en la notoriedad que logran, a través de los medios de comunicación, mediante dramatizaciones simbólicas e icónicas alejadas de las argumentaciones al uso en la política moderna.

«Todos estos movimientos son policéfalos, polimorfos, inclusivos, ideológicamente plurales y programáticamente incoherentes. En esto reside tanto su fuerza como su debilidad» (Crook, 1994: 148-149). Por tanto, construiremos la sociedad posmoderna con una mezcla de la vieja y de la nueva política, con una mezcla de la hiperconcentración y la desconcentración típicas de las estructuras contemporáneas del poder.

6.- La cultura posmaterialista

El cambio de valores en base al cambio de las necesidades, como rasgo determinante del cambio social posmoderno, ha sido resaltada por muy diversos autores. Sin embargo, ninguno de ellos ha llevado a cabo, durante varias décadas, un proyecto de investigación empírica internacional de envergadura similar al realizado por Ronald Inglehart (Bericat 2003:33).

Indagación empírica de Ronald Inglehart: Utilizando un cuestionario común, se ha entrevistado a individuos de más de cuarenta nacionalidades, que representan más del setenta y cinco por ciento de la población mundial. Con esta investigación, dedicada al análisis del cambio de valores, se ha podido comprobar empíricamente que la cultura y los valores de la población mundial, y especialmente la de las sociedades tecnológicamente avanzadas están cambiando de forma significativa. El cambio consiste en la progresiva sustitución de los valores «materialistas» por los valores «posmaterialistas».
Inspirado en la jerarquía de las necesidades humanas elaborada por A. H. Maslow, sostuvo la tesis de que las «necesidades materiales», básicamente el mantenimiento y la seguridad física, estaban perdiendo prioridad valorativa con respecto a las «necesidades no fisiológicas», como la estima, la pertenencia al grupo, la autoexpresión, la satisfacción intelectual o estética y la calidad de vida.

Inglehart postula dos hipótesis para explicar este cambio.

1. La primera, o «hipótesis de la escasez», señala que otorgamos mayor valor subjetivo a las cosas relativamente escasas, por lo que en una sociedad de la abundancia, en la que los milagros económicos de la modernización y el propio Estado de Bienestar han asegurado nuestra existencia material, tenderemos a valorar en mayor medida la satisfacción de las necesidades no fisiológicas. Es preciso hacer notar aquí que en este modelo la variable clave es el «grado subjetivo de seguridad», y no medidas objetivas de bienestar.

2. La segunda, o «hipótesis de la socialización», señala que los valores no se ajustan de modo inmediato a las nuevas situaciones, sino que requieren un tiempo para afectar, por medio de la socialización, a las nuevas generaciones. Inglehart nos dice que este cambio podría explicarse por el «principio de utilidad marginal decreciente del determinismo económico», que llevaría a una valoración marginal decreciente de las necesidades materiales. Esto no significa que los posmaterialistas sean no-materialistas, y menos aún anti-materialistas. «El término “posmaterialista” denota un conjunto de metas a las que la gente da importancia después de haber alcanzado esa seguridad material». Norbert Elias expresaba una idea similar al afirmar que en el siglo XX el «progreso es sin duda un hecho, pero para muchas personas ha dejado de ser un ideal», esto es, un valor, una esperanza o una ilusión.

El resultado más importante que emerge del análisis de la Encuesta Mundial de Valores es la existencia de dos ejes o «factores morales» que explican una gran parte de la varianza existente en las «opiniones valorativas» registradas por la encuesta.
1. El primero recoge el contraste entre los valores «tradicionales» y los «secular-racionales»,
2. mientras que el segundo discrimina entre los valores de «supervivencia» y los de «auto-expresión». Dicho de otra forma, el primero expresa el contraste entre la cultura de la sociedad tradicional y la de la sociedad moderna, y el segundo expresa el contraste entre los valores de la sociedad moderna y los de la sociedad posmoderna.

Según esto,

• la sociedad tradicional, orientada hacia la supervivencia material, en el marco de una economía pobre y estacionaria, tiene que limitar las aspiraciones de logro para evitar la frustración. También tiene que controlar la utilización de la violencia física, única vía de un posible enriquecimiento en este contexto, mediante rígidas normas religiosas y comunitarias y una fuerte autoridad de tipo tradicional.

• La sociedad moderna estimula las motivaciones de logro y se propone como meta la maximización del crecimiento económico, en un contexto de rápida acumulación de capital regido por una racionalización que modifica el tipo de autoridad vigente, pasando a ser racional-legal.

• La sociedad posmoderna, por último, se orienta hacia metas de maximización del bienestar subjetivo y de la calidad de vida, deslegitima tanto la autoridad tradicional como la legal-racional, e incrementa el valor de la autoexpresión y de la autorrealización individual.

El Siglo XXI alumbra una nueva sociedad en la que el posmaterialismo «parece ser sólo un aspecto de un proceso de cambio cultural aún más amplio que está recreando y transformando las orientaciones religiosas, los papeles y costumbres sexuales y las normas culturales de la sociedad industrial» (Inglehart, 1991: 59).
De ahí que se observen correlaciones empíricas con la legitimidad otorgada a los nuevos movimientos sociales, la participación e implicación políticas, las necesidades de autoexpresión, el grado de espiritualidad, las motivaciones de prestigio, la solidaridad social, los valores laborales de creatividad e innovación, la tolerancia moral, política y social, y otros tantos valores posmodernos.

Especial comentario requieren los valores religiosos, pues los análisis ofrecen resultados aparentemente paradójicos. En las sociedades avanzadas, las instituciones religiosas establecidas están perdiendo la lealtad de los fieles, pero existe un creciente interés por las preocupaciones espirituales en el plano individual; la asistencia a los oficios religiosos no ha dejado de disminuir y, sin embargo, persisten las creencias religiosas y aumenta la espiritualidad. «Un declive en la prevalencia de valores religiosos tradicionales caracteriza a la industrialización, pero no necesariamente a la fase postindustrial» (Inglehart, 2000). La desafección institucional religiosa convive, sobre todo en las sociedades posmodernas y en los individuos posmodernos, con un incremento de las demandas espirituales.

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