LOS CAMBIOS EN EL PARADIGMA ORGANIZACIONAL

LOS CAMBIOS EN EL PARADIGMA ORGANIZACIONAL:

DEL LOCALISMO PARTICULARISTA AL POST-UTILITARISMO GLOBAL[1].

 

Marcelo Sánchez-Oro Sánchez

Prof. Sociología

Universidad de Extremadura

 

 

 

Sumario

1ª Parte.- Los factores que empujan al cambio del paradigma.

    Intuimos que avanzamos hacia una nueva sociedad.

    Nuestro concepto de institución.

    Las bases del nuevo paradigma organizacional

1.- El poder de la identidad  frente a la identidad del poder.

2.- La emergencia del símbolo sobre la razón científica.

3.- El principio del placer frente al consumismo desenfrenado.

4.- La hipermodernidad de las sociedades avanzadas.

5.- Globalización de la economía y de la cultural.

6.- Hacia una cultura posmaterialista.

2ª Parte.- La disyuntiva post moderna, organización y sociedad en el siglo XXI: los senderos de la bifurcación.

    La lógica sintética y conjuntiva.

    La nueva estructura socioemocional.

1ª PARTE.- LOS FACTORES QUE EMPUJAN AL CAMBIO DEL PARADIGMA.

 

Intuimos que avanzamos hacia una nueva sociedad.

En las sociedades avanzadas, al comienzo del tercer milenio de la era cristiana, estamos asistiendo a un cúmulo tal de transformaciones sociales, políticas, económicas y culturales que apenas podemos eludir la pregunta de si nuestras sociedades estarán entrando en una nueva época. Muchos pensadores y científicos sociales así lo consideran.

  • Para Ma­nuel Castells, «un nuevo mundo está tomando forma en este fin de milenio».
  • Según Ronald Inglehart, «durante las últimas décadas las sociedades avan­zadas han traspasado un punto de inflexión y han pasado de la fase de la modernización a la fase de la posmodernización».
  • En palabras de Ulrich Beck, este cambio, que tanto él como Anthony Giddens denominan «modernización reflexiva», implica «la posibilidad de una (auto) destrucción creativa de toda una época: la de la sociedad in­dustrial».
  • Alain Touraine presentaba La sociedad Post-industrial, publica­da en 1969, señalando que «ante nuestros ojos se están formando sociedades de un nue­vo tipo».
  • Daniel Bell ya anticipó, en 1973, que «en los próximos treinta o cincuenta años veremos la emergencia de lo que he llamado la “sociedad post-indus­tria!”».
  • Por su parte, Zigmunt Bauman considera que la caída del Muro de Berlín, en 1989, cierra la época moderna inaugurada en 1789 con la Revolución Francesa, dando paso así a las realidades y al espíritu posmodernos
  • Según Mike Featherstone, por último, se trata de una «ruptura con la modernidad que implica la apari­ción de una nueva totalidad social con sus propios y distintos principios organizativos».

 

La proliferación de nuevas denominaciones sociales expresa, del mismo modo, la intuición de una conciencia generalizada capaz de percibir este cambio de época en cualquier ám­bito de la vida en el que se fije la vista y se sostenga sin prejuicios y libremente la mirada:

  • sociedad postindustrial;
  • sociedad posmoderna;
  • sociedad red;
  • sociedad de consumo;
  • socie­dad del ocio;
  • sociedad del riesgo;
  • sociedad de la modernización reflexiva;
  • sociedad tardo­moderna;
  • sociedad de la información;
  • sociedad de la comunicación;
  • sociedad del conoci­miento
  • v otras tantas nuevas definiciones que pudieran citarse. (Bericat 2003:9)

 

En esta sociedad, nueva sociedad, la expansión de las organizaciones es, sin duda, una de las características esenciales. Expansión tanto de ámbito de actuación, pues pasan de una ubicación local a otra nacional y, finalmente, internacional; como expansión de la forma que adoptan, pues ini­cialmente respondieron al esquema familiar, posteriormente se centraron en el estable­cimiento de fábricas y empresas, y alcanzan la forma de organizaciones multidimen­sionales.

En efecto, la industrialización significó de una manera muy clara la aparición de la fábrica como forma generalizada de producción, con el emblema de la chimenea -nueva manifestación estética de la primera industrialización-, que dio lugar el uso cen­tralizado de los recursos energéticos y la apropiación de los medios de producción. La organización fabril acompaña, entonces, a la nueva fase de producción para el mercado y a la aparición de un mercado de trabajo. La difusión y ampliación de la fábrica da lugar a la empresa, que se convierte en el concepto característico de la segunda industrializa­ción, con un sistema de roles claramente definidos -directivos, técnicos, mandos inter­medios, empleados y obreros. La generalización posterior de la empresa como insti­tución social hace que tengamos que hablar en el presente de organizaciones económi­cas, aunque podríamos prescindir de este calificativo en la medida en que, cada vez más, muchos de los servicios o soluciones que se dan a las personas y a toda la sociedad pro­ceden de organizaciones e instituciones que han asimilado el modelo empresarial.

La necesidad de organizaciones en la nueva sociedad surge de la creciente compleji­dad de sus problemas. Las demandas continuas, urgentes y generalizadas de abundantes bienes y servicios de una población en crecimiento no se pueden satisfacer a través de soluciones meramente individuales (Lucas Marín 2002:2).

 

Nuestro concepto de institución.

Si preguntamos al hombre de la calle qué entiende con el término «institución», probable­mente la respuesta será la siguiente:

  • un ente, un aparato,
  • un sistema que establece la sociedad para conseguir determinados fines;
  • algo que funciona de por sí, según sus lógicas, y que mantiene una cierta distancia de la acción y de la voluntad de los individuos.
  • Puede incluso llegar a decir que es algo a lo que se asocia un sentido de prestigio y de gran im­portancia para la vida de todos;
  • o bien, y no es extraño, nuestro interlocutor evocará una cierta idea de limitación, de acciones iguales que se repiten y que esconden la sensación de rigidez.

 

Si, posteriormente, le pedimos que nos indique algunas realidades concretas que podrían ser definidas como «instituciones», seguramente aludirá:

    al Estado y sus arti­culaciones, a la política, a la burocracia.

    Podrá incluso añadir entidades como la escuela, la Universidad, la Iglesia, el sistema sanitario y el sistema financiero.

    Quizás cite el matrimonio, y lo más seguro es que no tenga presentes a los contratos con los que se llevan a cabo los intercambios co­merciales o una disciplina científica.

La Sociología atribuye el concepto de institución a todas las entidades apuntadas y a otras muchas. De la misma manera que otras ramas de las Ciencias Sociales, como la Econo­mía, la Ciencia Política o el Derecho, sostienen otras tantas definiciones del concepto de institución social. Ahora bien, ¿cómo es posible y qué sentido tiene mantener unidas reali­dades tan diversas? ¿Qué es lo que hace de todas estas realidades una institución?

En el Prefacio a la segunda edición de las Reglas del método sociológico (1912: XXII), Émile Durkheim considera a la Sociología como la «ciencia de las instituciones, de su gé­nesis y de su funcionamiento». De esta forma, según el sociólogo francés, el término insti­tución expresa la peculiar y propia forma de ser de los fenómenos sociales. Dentro de la tradición funcionalista, la existencia de instituciones siempre ha sido considerada como algo que está inserto en la misma naturaleza de la sociedad. En este sentido, las institucio­nes han sido definidas como el más general de los universales evolutivos de la historia de la sociedad humana (Parsons, 1964), y una de sus cualidades emergentes en cuanto dife­rente de la pre y no humana. La Sociología siempre ha hablado de instituciones. Sin em­bargo, la teoría de las instituciones se ha desarrollado muy poco y de forma controvertida (Herrera Gómez, M.  Y Castillo A. M. 2004:50). Sin embargo, creo, que ahora no toca transitar por los territorios de la definición y el acotamiento, sino por los de la evolución o el cambio e las formas sociales que consideramos instituciones.

El cambio de las organizaciones. En coherencia con la concepción abierta sobre las instituciones, desde la sociología general (en contraposición a las teorías economicistas de la elección racional) la visión del cambio institucional incluye tres  postulados que resultan interesantes para esta comunicación:

  1. Los individuos no eligen libremente entre instituciones, más bien las “encuentran”, por así decir, en la propia vida. (es responsabilidad de las organizaciones “hacerse las encontradizas”).

 

  1. Las elecciones individuales no se comprenden al margen de la estructura histórica y cultural de la que forman parte (de hay la relevancia que adquiere la concepción ecológica de la cultura organizacional).

 

  1. Y lo que para nosotros es más importante en este momento, la plasticidad de las instituciones: estas no se desarrollan solamente  respondiendo a criterios de eficiencia y adaptándose a los interese individuales. (Herrera Gómez, M.  y Castillo A. M, pg 55). Existen otras circunstancias que modelan su organigrama y sus estrategias.

 

Berger y Luckman (1993) sintetizan, las instituciones son construidas por “un tipificación recíproca de acciones habituales por parte de determinados tipos de actores”. Se trata de construcciones cognitivas que controlan la acción humana antes e independientemente de cualquier mecanismo o sanción específicamente pensado para mantener tales comportamientos.

La consideración de Berger y Luckman es relevante por cuanto nos conduce a la hipótesis según la cual el cambio en las cosmovisiones perceptivas y universos simbólicos de un número suficiente de personas vinculadas alas organizaciones, dará lugar a un cambio correspondiente en las propias organizaciones

Las formas sociales cambian, a veces de forma gradual, a veces de forma repentina, radical y caótica. Las formas sociales conservan sin embargo las estructuras (interactivas y culturales) en mayor grado que lo que las élites de emprendedores institucionales intentan hacer creer, y esto también cuando pretenden “introducir un abismo” entre el presente  el pasado.

La intersección de los continuos del tiempo social: continuidad[2] / teleología (lo cumplido, realizado, terminado, logro de objetivos) permite ubicar las diferentes posiciones teóricas en torno al cambio organizacional, como se aprecia en el gráfico siguiente.

Grafico 1

 

Fuente: HERRERA GÓMEZ, M.  Y CASTILLO A. M (2004): Generación y transformación de las instituciones sociales. REIS 107, pg. 82

Las bases del nuevo paradigma organizacional

1.- El poder de la identidad  frente a la identidad del poder.

Citando al sociólogo Manuel Castell, la sociedad del siglo XXI es la “sociedad red”. El nuevo mundo que se está vislumbrando surge por la coincidencia de tres procesos independientes:

a) La revolución de las tecnologías de la información y de la comunicación.

b) La crisis económica del capitalismo y del estatalismo.

c) El florecimiento de nuevos movimientos sociales.

Los tres procesos generan cambios sustanciales:

    Una nueva estructura social dominante: la sociedad red.

    Una nueva economía: la economía internacional global.

    Una nueva cultura: la cultura de la virtualidad real.

Las tecnologías (NICTs) son la base material de la nueva sociedad, sus tres elementos (conocimiento, movilidad y red) sustentan el resto de transformaciones, Los tres están estrechamente relacionados, aunque puedan analizarse por separado:

a) el conocimiento: gracias al ordenador: gan cantidad de información tratada eficientemente y gran velocidad…

b) la movilidad: Sociedad tradicional: movilidad biológica

                                      Sociedad moderna: movilidad mecánica

                                     Sociedad posmoderna: movilidad electrónica.

Frente a los otros tipos de movilidad, este es capaz de transportar micromateria, susceptible de ser codificada y descodificada en símbolos, a la velocidad de la luz. Por esto es fácil de comprender que este tipo de movilidad es capaz de conformar un nuevo tipo de espacio y una nueva forma de tiempo. Las implicaciones son clara para las estructuras sociales y las organizaciones: ESPACIO: estas se concentran, en expresión de Castell, en el “espacio de flujos” conformado por una red electrónica global, y se fragmentan en un “espacio de los lugares”, con base territorial, típico de las eras precedentes. TIEMPO: Una dualidad similar se observa entre el “tiempo intemporal”, un tiempo que se deshistoriza, de instantes aleatorios, efímeros y de virtualidad real, propio de la movilidad financiera y audiovisual, y un “tiempo de reloj”, al que siguen sometidas las actividades que están que permanecen fuera de la red.

c) La red: determina una lógica de enlace radicalmente diferente a las empleadas por las organizaciones de la modernidad (S.XX), es decir a la forma “mercado”, en la que los individuos y las unidades gozaban de autonomía y la relación se funda en contratos entre las partes, la forma “burocrática”, que implica la unidad de las partes planificada formalmente, en las que las partes tienen funciones especialidades y establecida a priori.

“La red” constituye una lógica híbrida de enlace, de nodos conectados por “vínculos débiles”, que permiten construir mega estructuras globales con gran capacidad de adaptación.

    Una lógica organizativa especialmente apta para una época de cambios rápidos y profundos,

    una época en la que la innovación y la flexibilidad determinan la supervivencia,

    y una época en la que se tejen estructuras con una potente centralización a escala global, pero basadas en una múltiple fragmentación local.

Desde las empresas a los Estados, pasando por los movimientos sociales y las relaciones individuales, se están reorganizando en red.

En esta época posmoderna (una vez transcurridas la tradicional y la moderna), por ejemplo,

    el movimiento ecologista pretende «reconstruir la naturaleza como una forma cultural ideal». «Hemos entrado en un modelo puramente cultural de interacción y orga­nización sociales». «Es el comienzo de una nueva existencia y, en efecto, de una nueva era, la de la información, marcada por la autonomía de la cultura frente a las bases ma­teriales de nuestra existencia» (Castells, 1996: 513-514).

    Si la producción está domina­da por los flujos financieros, la cultura está dominada por las «redes electrónicas de comunicación», que conforman mediante un «hipertexto audiovisual digitalizado» una eficiente «virtualidad real».

En este contexto, en el que asistimos a la crisis del Estado-nación, de la democracia políti­ca y del Estado de Bienestar, en el que la localización del poder es difusa, en el que el mo­vimiento obrero, las iglesias mayoritarias y las ideologías políticas pierden relevancia, en el que existe una distancia abismal y alienante entre las redes globales y las existencias indi­viduales, se están configurando unas nuevas «identidades de resistencia», organizadas bajo formas grupales o comunitarias, que defienden:

  • los «lugares» frente a los «espacios de flujos»,
  • la «memoria» y la historicidad frente al «tiempo intemporal»,
  • y los «valores tras­cendentes» frente a la pura «tecnología como valor».

 

Comunidades religiosas, nacionalis­mo, etnicidad, identidad territorial, comunas feministas y de liberación sexual, ecologismo, etc. La resistencia a la lógica de la red y del capitalismo informacional procede de grupos y de comunidades. Sin embargo, debemos esperar, en opinión de Castells, que estas identi­dades de resistencia, que constituyen los verdaderos nuevos sujetos históricos del cambio, abandonen el cierre ensimismado que las caracteriza y se transformen en «identidades proyecto», es decir, identidades orientadas a la transformación de la sociedad en su con­junto. El futuro, sin duda, resultará de la interacción entre el poder de las redes y el poder de la identidad (Bericat 21).

2.- La emergencia del símbolo sobre la razón científica.

  • La misma ciencia, producto de la especialización de sus contenidos y de sus prácticas, se orienta a una fragmentación en segmentos inconmensurables dotados de una legitimidad exclusivamente particular y local. La ciencia, en el marco de una socie­dad dominada por los ordenadores, pierde la legitimidad universal del gran relato y mercantiliza su conocimiento, ya que solo puede justificarse por su rendimiento práctico y operativo. La pérdida de credibilidad universal propia de la modernidad da paso a la construcción de múltiples sentidos configurados localmente en el marco de juegos de lenguaje particulares, lo que posibilita la formación de puntos locales de resistencia frente a la hegemonía de la lógica del rendimiento y a la formación de consensos sociales absolutos y universales. Las visiones totalizantes de la modernidad[3] quedan, por tanto, diluidas en la posmodernidad. Las aspiraciones a la universalidad se han terminado. El multicul­turalismo se revela como lógica posmoderna de la construcción del sentido y la legitimidad.

 

  • Zygmunt Bauman, en Modernity and ambivalence, desarrolla la tesis de que la modernidad puede ser considerada como una incesante lucha contra la ambivalencia, un esfuerzo con­tinuo y denodado por construir «orden» social, estructuras definidas, clasificaciones claras, categorías exentas de ambigüedad, que alejaran el caos y la ambivalencia. Esta mentali­dad intelectual geométrica, y esa vocación práctica orientada al diseño, la manipulación, la organización y la ingeniería, con el objeto de controlar el mundo y la vida misma, forman parte de la esencia de la modernidad. Pero la posmodernidad nos hace intuir otra cosa:

 

  • horror al vacío, a la ambigüedad y a la ambivalencia,
  • a la posibilidad de que algo sea nada, de no saber qué es algo,
  • y de no poder asignar cada objeto, cada hecho o cada sujeto a una categoría determinada.

 

En esta fase, en contra de lo que pensaba Marx, la primacía de la producción y del inter­cambio de bienes es sustituida por la primacía del consumo y del intercambio de símbolos.

  • Somos consumidores simbólicos porque en los signos se encuentra toda fuente de valor.

 

  • Pero estos signos ya no refieren una realidad exterior, se configuran en una lógica de pura autorreferencia. Las imágenes no aluden a la realidad, sino a otras imágenes, y éstas a su vez a otras. La comunicación llega a ser un puro «simulacro» sin referente real.

 

  • La simula­ción se impone, los significantes refieren otros significantes, y el significado por fin desapa­rece en esta marea de comunicaciones electrónicas masificadas. El sentido se disuelve. Queda el desierto y la nada[4].

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

3.- El principio del placer frente al consumismo desenfrenado.

La posmodernidad está íntimamente ligada a la emergencia del capitalismo de consumo. Bauman sostiene que, en la actualidad, el consumo constituye simultáneamente el «foco cognitivo y moral de la vida», el «vínculo integrador de la sociedad» y el «centro desde el que se gobierna el sistema». Es decir, ocupa la misma posición que en el pasado, esto es, en la fase «moderna» de la sociedad capitalista, ocupó el trabajo. Y esto significa que los individuos de nuestro tiempo están sobre todo implicados, moral y funcionalmente, en el sistema, antes como consumidores que como productores.

El trabajo ha perdido centralidad para la vida individual y para el sistema social, y su ética, la moral del sacrificio y del esfuerzo, el «principio de realidad» que se impone para la consecución de logros materiales, ha sido sustituido por el «principio de placer».

El capitalismo ha ubi­cado el placer en el ámbito del consumo y, con ello, en una sociedad de la abundancia, tie­ne asegurado más que nunca su porvenir como sistema. De hecho, «para el sistema de consumo, un consumidor felizmente dispendioso es una necesidad; para el consumidor in­dividual, el dispendio es un deber» (Bauman, 1992: 50).

De ahí que el sistema ejerza, me­diante la publicidad y la comunicación, una presión hacia el gasto, presión que es vivida como alegría y goce tanto como opresión.

En el orden del consumo, orientado por el princi­pio del placer, la «seducción» constituye el instrumento básico de control social. En la so­ciedad de consumo, la libertad individual se transfigura en «libertad del consumidor», mo­delo al que se ajustan todos los esquemas de libertad.

Y esta libertad, más allá del consumo de masas, basado en la uniformidad, se transmuta en heterogeneidad que fragmenta las formas y estilos de vida de los individuos posmodernos.

En cualquier caso, estamos pasando:

  • de un mundo de escasez, a uno de abundancia;
  • de una moral de ahorro, a una de gasto y de consumo;
  • de una ética de sacrificio, a una cultu­ra hedonista;
  • de un sujeto que renuncia al presente para ganar el futuro, a un sujeto del de­seo orientado por pautas de satisfacción inmediata;
  • de un principio de realidad, a un princi­pio de placer.

 

Todos estos cambios tienen consecuencias tan radicales en la economía, en la sociedad, en la política, en la cultura y en la vida misma de los individuos que algunos pensadores sociales creen que las revoluciones del consumo y de las tecnologías de la in­formación constituyen los dos pilares básicos de la posmodernidad

4.- La hipermodernidad de las sociedades avanzadas

Las consecuencias no deseadas de la posmodernidad son las que toma como referencia Ulrich Beck para formular su noción de «sociedad del riesgo», caracterizada funcionalmente por una producción sistemática de riesgos que escapan a las instituciones de control y de protección social.

En la sociedad del riesgo, a diferencia de la sociedad moderna, el horizonte­ motivacional no es el de la consecución de bienes (renta, trabajo, seguridad social), sino el de la evitación de males, por lo que la distribución social de los riesgos se convierte en una clave de la política.

Los riesgos nucleares[5], ecológicos, genéticos o finan­cieros constituyen en esta reflexión prototipos de riesgo, pues se caracterizan, primero, por ser riesgos creados por la propia sociedad y, segundo, por la general afectación social de sus efectos.

Cuanto más moderna es la sociedad, más consecuencias no deseadas produce (Beck, 2002: 189). Puede afirmarse, por tanto, que el conocimiento científico siempre avanzará por detrás de los hechos que la propia ciencia genera. El desconocimiento relativo, así como otros muchos factores propios de una segunda, reflexiva, tecnológicamente avanza­da o radicalizada modernidad, generan profundas ansiedades, inseguridades e incertidum­bres, al tiempo que desaparecen las ficciones de seguridad de la sociedad industrial.    La «modernización reflexiva significa la posibilidad de una (auto)-destrucción creativa de toda una época: la de la sociedad industrial», «significa autoconfrontación con aquellos efectos de la sociedad del riesgo que no pueden ser tratados y asimilados dentro del sistema de la sociedad industrial».

La nueva sociedad, dice Beck, no nace del dolor ni de la pobreza sino, paradójicamente, de la creciente riqueza material, del creciente desarrollo científico-tecnológico y de la elevada seguridad laboral lograda en la modernidad.

5.- Globalización de la economía y de la cultural

En el horizonte de la posmodernidad se destacan dos grandes transformaciones políticas:

  • el declive del Estado-nación
  • y la emergencia de nuevos movimientos sociales.

 

El declive del Estado-nación

 

  1. Los procesos de globalización de la economía y de la cultura, soportados sobre nuevas es­tructuras de movilidad material y comunicacional, están conformando un mundo que tras­ciende los límites de la moderna territorialidad estatal.

 

  1. El incremento de las interacciones e intercambios a escala global se corresponde con procesos paralelos tendentes a la consti­tución de nuevas instituciones y organizaciones supranacionales, interesadas bien en ope­rar globalmente, bien en regular las operaciones y flujos de poder que circulan en este ám­bito global.

 

  1. Empresas transnacionales, mafias internacionales, satélites de comunicaciones, movimientos migratorios, mercados económicos multinacionales, gendar­mes globales, tribunales internacionales, organizaciones mundiales, etc., configuran un nuevo escenario en el que el Estado pierde el monopolio regulador que ejercía sobre la na­ción.

 

  1. El sistema político se fractura en múltiples centros de poder que compiten por la di­rección del sistema global. Esto no significa que el Estado haya perdido todo su poder, pues sigue manteniendo cierto protagonismo. Pero cada vez más es una «cáscara vacía» que pretende más de lo que puede. En este nuevo contexto, como afirma Bell, el Estado es hoy «demasiado pequeño para los grandes problemas de la vida, y demasiado grande para los pequeños» (Smart, 1997: 136). Así que, junto a este proceso de hipercentraliza­ción y fracturación del sistema político en múltiples centros global izados de poder, asisti­mos a un proceso simultáneo y complementario de descentralización y difusión del poder en instituciones infranacionales, en gobiernos regionales y locales. El Estado queda enton­ces como un mesogobierno que pierde funciones tanto en el ámbito supranacional como en el infranacional.

 

La emergencia de nuevos movimientos sociales.

La expresión más evidente de esta reorientación en las estructuras y las sensibilidades del poder aparece con los nuevos movimientos sociales: ecologistas, pacifistas, defensores de los derechos humanos, feministas, antinucleares, antiglobalización, etc.

En esta nueva for­ma de hacer política se detectan:

  • una mayor interpenetración entre cultura y política,
  • una pérdida de la relevancia de las fracciones de clase,
  • menor interés por la economía,
  • cre­ciente interés por el activismo político no convencional,
  • renovada importancia concedida a los valores,
  • uso de símbolos con cargas afectivas
  • y utilización estratégica de los medios de comunicación.

 

Para Stephen Crook, los nuevos movimientos sociales se caracterizan por cinco rasgos[6].

  1. Primero, están animados por una moral universalista, una moral de la convic­ción ajena a motivos instrumentales o de interés.
  2. Segundo, están estructurados bajo crite­rios de autoorganización, alejados de la intermediación burocratizada y centralista.
  3. Terce­ro, dirigen sus acciones directamente a la gente o a la opinión pública, evitando cualquier acuerdo con las élites.
  4. Cuarto, operan en el ámbito sociocultural, otorgando a sus acciones un carácter lúdico y contracultural alejado del espíritu del político profesionalizado.
  5. Y quinto, dependen y basan sus acciones en la notoriedad que logran, a través de los medios de comunicación, mediante dramatizaciones simbólicas e icónicas alejadas de las argumenta­ciones al uso en la política moderna.

 

«Todos estos movimientos son policéfalos, polimor­fos, inclusivos, ideológicamente plurales y programáticamente incoherentes. En esto resi­de tanto su fuerza como su debilidad» (Crook, 1994: 148-149). Por tanto, construiremos la sociedad posmoderna con una mezcla de la vieja y de la nueva política, con una mezcla de la hiperconcentración y la desconcentración típicas de las estructuras contemporáneas del poder.

6.- Hacia una cultura posmaterialista

El cambio de valores en base al cambio de las necesidades, como rasgo determinante del cambio social posmoderno, ha sido resaltada por muy diversos autores. Sin embargo, ninguno de ellos ha llevado a cabo, durante varias décadas, un proyecto de investigación empírica internacional de envergadu­ra similar al realizado por Ronald Inglehart (Bericat 2003:33).

Indagación empírica de Ronald Inglehart: Utilizando un cuestionario común, se ha entre­vistado a individuos de más de cuarenta nacionalidades, que representan más del setenta y cinco por ciento de la población mundial. Con esta investigación, dedicada al análisis del cambio de valores, se ha podido comprobar empíricamente que la cultura y los valores de la población mundial, y especialmente la de las sociedades tecnológicamente avanzadas están cambiando de forma significativa. El cambio consiste en la progresiva sustitución de los valores «mate­rialistas» por los valores «posmaterialistas».

Inspirado en la jerarquía de las necesidades humanas elaborada por A. H. Maslow, sostu­vo la tesis de que las «necesidades materiales», básicamente el mantenimiento y la segu­ridad física, estaban perdiendo prioridad valorativa con respecto a las «necesidades no fi­siológicas», como la estima, la pertenencia al grupo, la autoexpresión, la satisfacción intelectual o estética y la calidad de vida.

Inglehart postula dos hipótesis para explicar este cambio.

  1. La primera, o «hipótesis de la escasez», señala que otorgamos mayor valor subje­tivo a las cosas relativamente escasas, por lo que en una sociedad de la abundancia, en la que los milagros económicos de la modernización y el propio Estado de Bienestar han ase­gurado nuestra existencia material, tenderemos a valorar en mayor medida la satisfacción de las necesidades no fisiológicas. Es preciso hacer notar aquí que en este modelo la va­riable clave es el «grado subjetivo de seguridad», y no medidas objetivas de bienestar.

 

  1. La segunda, o «hipótesis de la socialización», señala que los valores no se ajustan de modo inmediato a las nuevas situaciones, sino que requieren un tiempo para afectar, por medio de la socialización, a las nuevas generaciones. Inglehart nos dice que este cambio podría explicarse por el «principio de utilidad marginal decreciente del deter­minismo económico», que llevaría a una valoración marginal decreciente de las necesida­des materiales. Esto no significa que los posmaterialistas sean no-materialistas, y menos aún anti-materialistas. «El término “posmaterialista” denota un conjunto de metas a las que la gente da importancia después de haber alcanzado esa seguridad material». Norbert Elias expresaba una idea similar al afirmar que en el siglo XX el «progre­so es sin duda un hecho, pero para muchas personas ha dejado de ser un ideal», esto es, un valor, una esperanza o una ilusión.

 

El resultado más importante que emerge del análisis de la Encuesta Mundial de Valores es la existencia de dos ejes o «factores morales» que explican una gran parte de la varianza existente en las «opiniones valorativas» registradas por la encuesta.

  1. El primero recoge el contraste entre los valores «tradicionales» y los «secular-racionales»,
  2. mientras que el se­gundo discrimina entre los valores de «supervivencia» y los de «auto-expresión». Dicho de otra forma, el primero expresa el contraste entre la cultura de la sociedad tradicional y la de la sociedad moderna, y el segundo expresa el contraste entre los valores de la sociedad moderna y los de la sociedad posmoderna.

 

Según esto,

  • la sociedad tradicional, orientada hacia la supervivencia mate­rial, en el marco de una economía pobre y estacionaria, tiene que limitar las aspiraciones de logro para evitar la frustración. También tiene que controlar la utilización de la violencia física, única vía de un posible enriquecimiento en este contexto, mediante rígidas normas religiosas y comunitarias y una fuerte autoridad de tipo tradicional.

 

  • La sociedad moderna estimula las motivaciones de logro y se propone como meta la maximización del creci­miento económico, en un contexto de rápida acumulación de capital regido por una racio­nalización que modifica el tipo de autoridad vigente, pasando a ser racional-legal.

 

  • La so­ciedad posmoderna, por último, se orienta hacia metas de maximización del bienestar subjetivo y de la calidad de vida, deslegitima tanto la autoridad tradicional como la legal­-racional, e incrementa el valor de la autoexpresión y de la autorrealización individual.

 

El Siglo XXI alumbra una nueva sociedad en la que el posmaterialismo «parece ser sólo un aspecto de un proceso de cambio cultural aún más amplio que está recreando y transformando las orientaciones religiosas, los papeles y costumbres sexuales y las normas culturales de la sociedad industrial» (Inglehart, 1991: 59).

De ahí que se observen correlaciones empíricas con la legitimidad otorgada a los nue­vos movimientos sociales, la participación e implicación políticas, las necesidades de auto­expresión, el grado de espiritualidad, las motivaciones de prestigio, la solidaridad social, los valores laborales de creatividad e innovación, la tolerancia moral, política y social, y otros tantos valores posmodernos.

 

Especial comentario requieren los valores religiosos, pues los análisis ofrecen resultados aparentemente paradójicos. En las sociedades avan­zadas, las instituciones religiosas establecidas están perdiendo la lealtad de los fieles, pero existe un creciente interés por las preocupaciones espirituales en el plano individual; la asistencia a los oficios religiosos no ha dejado de disminuir y, sin embargo, persisten las creencias religiosas y aumenta la espiritualidad. «Un declive en la prevalencia de valores religiosos tradicionales caracteriza a la industrialización, pero no necesariamente a la fase postindustrial» (Inglehart, 2000). La desafección institucional religiosa convive, sobre todo en las sociedades posmodernas y en los individuos posmodernos, con un incremento de las demandas espirituales.

2ª PARTE.- LA DISYUNTIVA POST MODERNA, ORGANIZACIÓN Y SOCIEDAD EN EL SIGLO XXI:

LOS SENDEROS DE LA BIFURCACIÓN.

 

1.- La lógica sintética y conjuntiva

El proceso de modernización siempre se ha entendido desde una lógica disyuntiva y anti­tética. Todos los sociólogos clásicos que analizaron el gran cambio acontecido desde la so­ciedad tradicional a la sociedad moderna, Marx, Comte, Tonnies, Durkheim o Weber, pu­sieron de manifiesto la oposición existente entre los rasgos que caracterizaban a ambos tipos de sociedad. Modo de producción precapitalista versus capitalista, sociedad agraria versus sociedad industrial, comunidad versus sociedad, solidaridad mecánica versus so­lidaridad orgánica, racionalidad sustancial versus racionalidad instrumental.

Esta lógica disyuntiva y antitética implicaba, en el orden pragmático, que cualquier avance de la mo­dernización sólo podría realizarse con retrocesos paralelos de la tradición. La ciencia avanzaba destruyendo el mito; el capitalismo desvinculando a los siervos de la gleba; la secula­rización eliminando el poder y la legitimidad religiosa, o el individualismo debilitando los lazos familiares.

Hacia la mitad del siglo XX, Talcott Parsons sintetizó con precisión este enorme cambio cultural recurriendo a cinco variables-pauta, cinco opciones valorativas antitéticas, que orientaban a cada tipo de sistema social. Estas pautas son:

  • difusividad ver­sus especificidad;
  • particularismo versus universalismo;
  • adscripción versus adquisición;
  • emotividad versus neutralidad afectiva,
  • y orientación colectiva versus orientación indivi­dual.

 

Muchos de los pensadores y científicos sociales que presencian en la actualidad el nuevo gran cambio, desde la sociedad moderna a la sociedad posmoderna, no pueden evitar caer en la tentación de seguir aplicando la lógica disyuntiva y antitética con la que se compren­dieron las transformaciones desde la sociedad tradicional a la moderna.

Creo, sin embargo, que quienes así proceden incurren en un craso error, pues tanto el advenimiento como la naturaleza de la posmodernidad están animados por una lógica radicalmente diferente, no por una lógica disyuntiva y antitética, sino por una lógica conjuntiva y sintética.

 

El proceso de posmodernización constituye el despliegue bifurcado y simul­táneo de la modernidad por dos senderos[7]:

  1. 1.  uno por el que caminamos hacia la hipermoder­nización
  2. 2.  y otro por el que avanzamos reactualizando la tradición.

 

Todos los fenómenos radicalmente nuevos a los que hemos denominado posmodernidad surgen desde la confluencia de ambas tensiones. Emergen de la fusión fragmentada de los caudales que llevan esos dos grandes cauces de la naturaleza humana. El gran número de nuevos fenó­menos sociales, políticos, culturales y personales que se han expuesto en los fragmentos precedentes ya no pueden calificarse ni de modernos ni de tradicionales. Si bien configu­ran su realidad desde los rasgos correspondientes a los dos polos de la antinomia, el re­sultado obtenido por la fusión y la síntesis constituye una realidad completamente nueva. De ahí que podamos hablar de una nueva sociedad, la sociedad posmoderna, en la que aparecen pautas y estructuras sociales de actividad simbióticas diferentes a las de las so­ciedades anteriores.

En el ámbito cultural, la posmodernidad también se expresa en la sín­tesis de nuevos valores, producto de la formación de un consenso bifurcado en la confluen­cia y en el contraste de valores hipermodernos y tradicionales:

  • Los seres humanos posmo­dernos existirán en nuevos contextos vitales producto de la fusión de hipermodernidad y tradición,
  • Y sentirán cada vez más intensa y simultáneamente estas nuevas demandas en las que se puede escuchar al unísono el eco de la hipermodernidad y el de la tradición.
  • Esta lógica sintética y conjuntiva desde la que emerge una realidad radicalmente nueva es la clave del cambio social posmoderno.

 

Las causas que animan el cambio social posmoderno operan con la doble dialéctica que se establece entre las virtudes y defectos, y entre las consecuencias positivas y negativas, inherentes tanto a la modernidad como a la tradición.

 

 Constituye un claro error creer que la posmodernidad surge exclusivamente de las consecuencias de la modernidad.

Es cierto que la modernidad se transmuta en hipermodernidad merced a la gran atracción que ejer­cen sus virtudes, así como a las consecuencias deseadas e indeseadas que se derivan de la aplicación de sus principios. Pero también es cierto que el cambio posmoderno sólo pue­de entenderse reconociendo la atracción que, en un contexto de hipermodernidad, ejercen las virtudes y funcionalidades asociadas al modo de vida tradicional. Sin este doble con­traste de consecuencias y de atracciones no puede entenderse el giro posmoderno.

En suma, virtudes de la modernización que se proyectan al futuro en consecuencias desea­bles e indeseables como hipermodernización, y virtudes de la tradición que se renuevan en este contexto de hipermodernización. Ambos polos, modernidad y tradición, contienen atractores y repulsores, consecuencias deseadas e indeseadas, que establecen una com­pleja dialéctica de cambio social desde la que está emergiendo una posmodernización que no muestra, al menos por ahora, cuál será su destino definitivo, su límite o su punto final.

La dialéctica de defectos y de consecuencias indeseadas puede entenderse en parte con la metáfora del péndulo Cuanto más se eleva el contrapeso hacia un lado, mayor es la fuerza que empuja en el sentido contrario.

  • Si nos desviamos excesivamente por la senda del individualismo, acabaremos estando y sintiéndonos solos, y el anhelo de establecer vínculos sociales crecerá en intensidad.
  • Si, convencidos de las virtudes de la planificación racional, pretendemos llevar el principio hasta el extremo, y planificamos completamente la vida o la economía de un país, empezaremos a ver cómo aparecen las consecuencias per­versas de la ineficiencia, en el plano organizativo, y de la falta de libertad, en el plano per­sonal.

 

En esta dialéctica de la bifurcación, las virtudes contenidas en cualquier principio se transmutarán, a partir de cierto límite, en consecuencias indeseadas, y los defectos del principio opuesto comenzarán a aparecer como virtudes con consecuencias deseables.

 

2.- La nueva estructura socioemocional

 

La nueva síntesis posmoderna, que como hemos visto, afecta a tantos ámbitos de la sociedad, de la política, de la cultura y de la vida individual, inaugura también, y por último, una nueva estructura socioemocional.

 

Las tres emociones estructurales de la posmoderni­dad son la alegría, la ansiedad y la nostalgia.

LA ALEGRÍA: La posmodernidad es una sociedad:

  • de la abundancia, del consumo, del ocio,
  • de la seguridad laboral,
  • del espectáculo y del entreteni­miento,
  • de la democracia y de la libertad,
  • de la reducción del esfuerzo merced a la tecnolo­gía,
  • de la tolerancia, de la libertad sexual y del turismo.

 

Una hipermodernidad que disfruta con alegría de los logros alcanzados por la modernización, una sociedad satisfecha, hedó­nica y derrochadora. Ahora bien, esta alegría posmoderna nunca alcanza a ser goce pro­fundo porque el sujeto posmoderno con frecuencia olvida el valor y el esfuerzo de lograr los bienes de los que disfruta.

Jameson, entre otros, pone de manifiesto la falta de profundidad vital de esta alegría, el hecho de que rezume superficialidad por los cuatro costados. De ahí que el sujeto posmoderno tenga que recurrir a las drogas, como el éxtasis, o a sistemas productores de intensas sensaciones y excitaciones emocionales, para obtener un goce intenso y sentir la emoción súbita e instantánea de la euforia. Los parques temáticos divierten, pero nunca producen auténtico placer. De esta alegría superficial nace la caren­cia y el deseo posmodernos de un auténtico goce.

LA ANSIEDAD:

La segunda emoción estructural es la ansiedad. Bauman y Giddens nos alertan de la ne­cesidad que tenemos de aprender a vivir en un estado crónico de ambivalencia y de contingencia, más allá de una imposible seguridad ontológica tradicional y más allá del con­trol absoluto proyectado por la propia modernidad. Ambivalencia radical porque en la bifurcación el bien y el mal habitan muchas veces la misma morada, porque estamos obligados a convivir con opciones contrapuestas. La energía nuclear es la más barata y lim­pia, salvo que estalle el reactor. En este caso se convierte, sin duda, en la más cara, de­soladora y contaminante.

La ciencia procura buena cantidad de bienes, pero tememos profundamente sus consecuencias indeseables. Sennet muestra la contingencia y la co­rrosión del carácter en estos tiempos posmodernos, y Gil Calvo sostiene que hemos naci­do para cambiar, cambiar de cónyuge, de trabajo, de vida y de identidad.

La ansiedad posmoderna es radicalmente diferente a la angustia moderna, expresada en el cuadro El grito, de Edward Munch, así como al temor reverencial que inspiraban la Naturaleza y los Dioses premodernos.

La ansiedad, producto de la ambivalencia y de la contingencia, se nutre de la incertidumbre. Es una nueva síntesis de miedo y esperanza, las dos emocio­nes que, según Hume, se basan en la «probabilidad» de que algo bueno o algo malo pue­da sucedernos.

LA NOSTALGIA:

En último lugar, pero no por ello menos importante, encontramos la emoción estructural de la nostalgia, un término y un sentimiento reciente en la historia de la humanidad. No podía existir en la sociedad tradicional porque sus ciclos siempre actualizan el pasado en un eter­no retorno que fundaba cada presente. Por tanto, no cabe el dolor ni la tristeza del recuer­do excitado por la carencia de algún bien perdido. En la sociedad moderna, empeñada en destruir el pasado y olvidar el presente convirtiéndolo en ilusión de futuro, la añoranza y la nostalgia, aunque existentes, eran reprimidas u omitidas en la medida que la ilusión de mo­dernidad dominaba la cultura.

Conforme avanza la hipermodernidad, conforme el futuro deja de ser una ilusión, el sujeto posmoderno comienza a sentir y ser consciente de una pérdida absoluta e irreparable, una pérdida de gran valor. Entonces aparece la nostalgia, evidente en muchos autores, como Baudrillard, Bell o Jameson, y en las demandas de mu­chos individuos posmodernos. Nostalgia, muy evidente en los viajeros románticos, por la pérdida de los recursos y virtudes del mundo tradicional, por la pérdida de la autenticidad, de la comunidad, de la emoción, del mito y del encanto.

Nostalgia, incluso, del sufrimiento y del dolor, del esfuerzo, de la responsabilidad, del honor y del verdadero amor. Nostalgia unamuniana de personas de carne y hueso, o, como señala Turner, de tiempo, de espacio y de sexo real ajenos al canto de sirena y a las promesas de la virtualidad.

El título del cuento de Jorge Luis Borges contiene las claves de la nueva experiencia vital posmoderna, de la experiencia en una nueva sociedad posmoderna. Sentimos la alegría de vivir en el jardín de la hipermodernidad; sentimos la ansiedad de encontrarnos en la encrucijada de dos senderos que se bifurcan; sentimos nostalgia, por último, para construir un futuro jardín en el que no tengamos que lamentar ninguna pérdida. Vivimos en el jardín de senderos que se bifurcan.

Cáceres octubre 2006

Bibliografía

BERGER Y LUCKMAN, (1993) La construcción de la realidad social, Buenos aires. Amorrortu.

BERICAT ALASTUEY, E. (2003): Fragmentos de la realidad posmoderna. Revista Española de Investigaciones Sociológicas (REIS) nº 102 pp. 9-46.

GANUZA FERNÁNDEZ Y ROBLES MORALES (2006): Modelos de acción pública en una sociedad asimétrica. Revista Española de Investigaciones Sociológicas (REIS). 113.

HERRERA GÓMEZ, M.  Y CASTILLO A. M (2004): Generación y transformación de las instituciones sociales. Revista Española de Investigaciones Sociológicas (REIS) 107.pg 50 y ss

IBARRA COLLADO (1999): “Los saberes sobre la organización”, en CASTILLO MENDOZA: Economía organización y trabajo. Ed. Pirámide, pp. 95-153

LUCAS MARIN (2002): Sociología de las organizaciones. Madrid. McGraw Hill


[1] .- La mayor parte de esta ponencia está tomada de Bericat Alastuey, E. (2003): Fragmentos de la realidad posmoderna. REIS nº 102 pp. 9-46. Deseo agradecer a su autor su extraordinaria clarividencia y su capacidad de síntesis. La segunda parte de la comunicación, también de Bericat, puede complementarse con el texto de Ibarra Collado (1999), quien desarrolla más ampliamente las disyuntivas de la posmodernidad, si bien desde las varias concepciones que toma la teoría de la organización (TO)

[2].- Continuidad: las organizaciones siempre se reinventan. Teleología, tomada en el sentido de la tendencia de las organizaciones a dar por cumplidos sus fines, a ver realizadas sus metas

[3].-  Desde Comte a Luhmann, pasando por Marx, Durkheim o Parsons, la sociedad era vista ­bien como un todo orgánico y funcional, bien como un cuerpo dividido en dos mitades, pero de nuevo la pluralidad se impone, de nuevo las búsquedas de sentido recuperan su arraigo local y particular.

[4] .- La Guerra del Golfo, según Jean Baudrillard, nunca existió. Baudrillard sostiene que en nuestra época se produce una simultánea «explosión de la in­formación» y una «implosión del significado». En la medida que aumenta la cantidad de imágenes y de información, disminuye la producción de significado y de sentido.

[5] .-Preparando esta ponencia se informa del ensayo nuclear llevado a cabo por Corea del Norte. La bese del problema del terrorismo islámico radica justamente en la distribución del riego: afecta más directamente a las sociedad occidentales, el cambio originado por el 11-S es exactamente este.

[6].- Una aguda crítica a las derivas actuales de movimiento asociativo puede verse en Ganuza Fernández y Robles Morales (2006:114)los actuales.  

[7] .-En línea de lo señalado por Ibarra (1999:121)

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